«¿Hasta cuándo lo del matrimonio igualitario?», pensó Marina al oír por enésima vez la misma discusión. En los últimos días, en cualquier lugar la perseguía igual debate, que ya por el peso de la reiteración conducía al hartazgo.
Ella –considerada siempre por sí misma y los demás como mujer, hembra, femenina y en contadas ocasiones, algo homofóbica- no entendía por qué un tema más bien personal secuestraba la Constitución de la República. Cuestión, además, resuelta por una máxima aprendida en su infancia: para cada roto hay un descocido y cada cuál es feliz a su forma.
Los dolores de cabeza de Marina están bien justificados. El debate constitucional no puede diluirse en un artículo que, en honor a la verdad, influirá poco en nuestro devenir como nación. Si el niño tiene dos mamás o dos papás es el menor de los problemas de la familia cubana.
Esta carta magna definirá el futuro del país y dejará establecido un proyecto de patria, necesitado del aporte de cada uno de los cubanos. Bien podríamos encauzar los esfuerzos a perfeccionar lo proyectado en temas como los límites de la propiedad privada y la riqueza, la designación de los gobernadores provinciales o los fundamentos económicos del Estado.
Nosotros, muchas veces colmados con la responsabilidad histórica de ser los primeros en tantas cosas, respecto al matrimonio igualitario venimos detrás de más de una veintena de países que lo contemplan desde hace tiempo en sus legislaciones. Aunque ciertamente seríamos de los pocos países fuera de la Unión Europea que lo permitan.
A pesar de ello, los detractores del artículo 68 esgrimen como argumento que una cosa es dejar a los homosexuales casarse y otra muy distinta es dejarlos adoptar. Con respecto a este tema, casi 30 países permiten la adopción homoparental y sobran los artículos científicos con evidencias psicológicas y sociológicas sobre cómo este tipo de familias no afecta el correcto desarrollo emocional de los infantes.
No se trata de satanizar a los que se oponen o tildarlos de retrógrados ignorantes. Todos construyen la Constitución y, si la decisión del pueblo es excluir el artículo, que así sea. Lo necesario es pluralizar el debate. Para muchas personas resulta más fácil entender lo que significa dos gays adoptando un niño que lo que implica pasar a ser un Estado socialista de derecho.
Por su parte, Marina espera ansiosa la discusión en su centro de trabajo con la seguridad de que la palabra matrimonio no figurará en su intervención. Un asunto personal no influirá en su forma de concebir lo que debemos ser como país, aunque contradiga su noción de mamá, papá y nené. Igual, nunca se sabe las vueltas que da la vida y los hombres últimamente le están dando demasiado trabajo.





Al dinal de todo, al carajo con lo que se quiera hacer, que cada cual haga lo que quiera, pero algo que no puede suceder es que se generen tantos conflictos por un tema tan irrelevante para una sociedad con mayores problemas y preocupaciones. Preocupémonos por el bloqueo, por la economía, por las formas de dirección del país. Es hora de cambiar, pero no lo que debe ser cambiado, sino lo que necesita un giro de 180 grados ya, ahora, inmediatamente.
Este tema ya está acabando hasta con la misma iglesia, ahora en el proyecto constitucional se quiere aprobar, la cuestión en sí de los mismos creyentes es que según la palabra de Dios, La Santa Biblia, condena estas prácticas, pero muchos son los que se olvidan de Jesús, aquel que nunca criticó, ni señaló a nadie. Entonces hasta donde vamos a parar, unos por dogmatismos, otros por excesiva propaganda de un acto puramente personal.