Por Haylem Barroso Lamela
Teobaldo Lambert es un hombre sencillo, las palabras le salen del alma y precisamente por eso, dice y enseña mucho más de lo que puedan suponer dos horas de conversación. Todo lo que expresa está lleno de sí mismo. Nacido en París el 9 de marzo de 1982, cuenta que llegó a Cuba por el gusto de poder servir a otro pueblo, y por la idea de entregar su alma para ayudar a salvar otras. Prefiere que le miren a los ojos cuando le hablan. Y aunque en Cuba todos le llaman Teobaldo; insistió en deletrearme su nombre puramente francés (Thibault).
«Yo decidí ser sacerdote. Entendí poco a poco, con el tiempo, el discernimiento, la oración y el consejo, que era mi vocación. Dios me llamó a una vida para la cual mucha gente no está preparada. Yo lo sentí, y como Dios no puede equivocarse, pensé que era para mi bien el tipo de vida que él quería para mí y me haría feliz. Hasta el momento no se equivocó».
¿Se opuso su familia a la decisión de ser sacerdote?
«Realmente fue la decisión de un hombre joven pero al mismo tiempo adulto; tenía ya 21 años cuando entré al Seminario. No necesitaba el permiso de mis padres. Yo vengo de una familia que me transmitió la fe católica desde pequeño, pero con el tiempo cada uno de ellos dejó de practicar esta fe, empezando por mis padres que se divorciaron. Entonces me quedé solo para ejercerla. Cuando tuve que anunciar mi entrada al Seminario no fue una gran sorpresa para mi familia, pero sí una dificultad. Mi madre lo aceptó y lo respetó, pero uno de mis hermanos no lo entendía, fue muy difícil. Yo entré a una Comunidad apartada que se llama la Comunidad San Martin y que no es el camino normal para ser sacerdote, allí se vive en común; implicaba una separación fuerte porque el Seminario es un tiempo de enraizamiento. Yo volvía a casa dos veces al año, también creo que era una vida un poco anormal».
Estudió primeramente en un colegio militar, luego en la Universidad de La Sorbona, ¿cómo fue esa vida de estudiante?
«Lo que estudié no existe aquí, no es exactamente igual. Para ser oficial en el Ejército debes integrar una gran escuela la cual fue fundada por Napoleón, esta forma a los oficiales del Ejército Francés. Para entrar a ella tienes que pasar un concurso, y para disponer a este concurso existen colegios militares. Yo hice esta preparación dos años en clases de Humanidades. Era una atracción servir a mi país, la posibilidad de dar la vida por él, de defender a mi patria; son cosas grandes, lindas. En el movimiento de juventud llamado Boys Scouts se aprende a vivir con pocas cosas, enseña a tomar responsabilidades, a vivir en sociedad; y precisamente me orientó a eso. Yo estaba encargado de la capilla de esta escuela militar, del grupo de los alumnos que practicaban la fe católica. Y sentí que dar mi vida por Dios era más importante que ofrecerla por la patria. Haber estudiado en La Sorbona no hace de mí un estudiante espectacular. Después de las clases de preparación yo acabé una licenciatura en Geografía. Era una de mis asignaturas favoritas, trataba mucho de lo humano, no era tan física».
A cualquier sacerdote del mundo se le haría inolvidable un encuentro personal con el Papa. ¿Cómo recuerda Teobaldo ese intercambio que sostuvo con el Papa Francisco?
«Fue un hecho muy aparte, muy impresionante para mí. Yo, un sacerdote de pocos años de experiencia, fui mandado por mi obispo a representar la Pastoral Universitaria Cubana (Jóvenes que asisten a la universidad y pertenecen a la organización católica) en un encuentro en Roma de los universitarios católicos extranjeros; lo que me permitió encontrarme con el Papa. Fue muy agradable y durante el encuentro aseguré a Francisco de mi oración y le pedí por la suya. Él me dijo que rezaba por mí y por Cuba. Delante de él uno se siente honrado y muy chiquito. Él mira a los ojos, eso me gustó mucho, no me gustan las miradas que no van directamente a las pupilas. Pero yo tuve más alegría al ver a los dos universitarios cubanos que estaban conmigo poder saludarle, que hacerlo yo mismo. Pensé cuánto representaba él para estos jóvenes. Sentí mayor alegría en mi ser para ellos que para mí».

¿Existe otro momento que ocupe tal relevancia en su vida?
«Sí, la misa diaria es más importante que el encuentro con el Papa. Esta no es solo un acto de culto, sino un encuentro con Jesús. Tú encuentras al Papa, está bien, pero es mejor con el mismo jefe que con su vicario. Hay una frase muy importante que dice: ‹sacerdote, celebra tu misa como si fuese la primera, como si fuese la última, como si fuese la única›. La otra cosa es cuando doy el perdón de Dios a una persona que se confiesa, para mí es más importante también que encontrarme con el Papa».
¿A que le teme el Padre Teobaldo?
«Al infierno (sonríe), pero ese es un temor no psicológico. Le temo a la infidelidad como algo feo, pero de la que todos los días hacemos experiencia de nuestra fragilidad y debilidad. Yo no hablo necesariamente de la infidelidad a las grandes cosas, la infidelidad matrimonial, o para mí la infidelidad en el sacerdocio; me refiero a las infidelidades de cada día, nuestras traiciones chiquitas, al amor, al don de sí mismo. Eso sí, le temo mucho a la tibieza».
Es usted un amante del fútbol…
«Me gusta el fútbol, me gusta practicarlo. Mi equipo es el Paris Saint-Germain. Reconozco que es un medio muy bueno para estar en contacto con la juventud cubana. Era más bien para mí un hobby, una pasión cuando tenía 15 años. Recuerdo que había un canal privado en Francia que ponía la imagen movida a propósito y si tú pagabas podías verlo bien. Y yo, (ríe con picardía) lo veía movido».
¿Cómo es el Padre Teobaldo cuando no está en la misa?
«La gran diferencia entre el sacerdote y el zapatero, es que el zapatero lo es desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde; y un sacerdote representa a un hombre que se identifica con su ser sacerdotal. Significa que un sacerdote no deja de serlo cuando se va a acostar, cuando duerme. No es una profesión, es un ser. Nunca puedo dejar de ser sacerdote, pero el hecho de que lo sea no me impide ser yo mismo. Yo pienso ser muy natural. ‹No es una profesión, es mi vida›, yo soy sacerdote, es parte de mí. Alguien viene a mí a cualquier hora a confesarse, a ser escuchado, y yo no tengo horarios de trabajo».




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