Imagen: www.deliverymedia.es
El calendario siempre carga con unos cuantos días internacionales de esto o de aquello. Son tantos que perdemos la cuenta entre el Día Internacional de la Felicidad, el Día internacional de la Zurdera, el Día Mundial del Lavado de Manos, u otros más o menos relevantes que hacen a la mitad de ellos pasar ignotos por nuestro almanaque.
La jornada del periodista, este 8 de septiembre, sería una entre muchas si no fuera por la sempiterna costumbre de los integrantes de este gremio de utilizar la fecha para defender su oficio a camisa quitada. Y es que el orgullo despertado por esta profesión es innegable. García Márquez lo calificó como el mejor oficio del mundo y Ryszard Kapuscinski agregó que no era apto para cínicos.
Sin embargo, no es a ninguno de ellos al que debemos esta ocasión. El hecho rememorado este día no es particularmente feliz, el checoslovaco Julius Fučík fue capturado por la Gestapo y finalmente asesinado el 8 de septiembre de 1943 en el contexto de la invasión de la Alemania nazi a su país. Julius pudo escribir en cautiverio el libro luego conocido como «Reportaje al pie de la horca», donde describía las torturas recibidas y las condiciones de su encierro.
Ahora, aclarado el hecho histórico, procede lo más difícil. Como con todas estas fechas repetidas año tras año, decir algo nuevo resulta todo un reto. Más en mi condición de periodista en pañales, o estudiante de Periodismo para mejor comprensión, donde parezco carecer del derecho a defender una profesión que todavía no es mía.
Trataré de hacerlo por las veces que me han dicho en la calle que el Periodismo no vale nada, que no produce, que no resuelve ningún problema, e incluso riendo me alegan que eso no sirve para comer. Si alguien piensa así es culpa de algunos mal llamados periodistas pero nunca del Periodismo. Esta noble profesión pertenecerá a aquellos que comprendan que no es ejercido para sí sino para los demás.
Los homenajeados este día y los que ponen en alto su oficio son los inconformes, los que no edulcoran su realidad, los intransigentes, los comprometidos, los de la pregunta difícil, los incómodos, los que no pactan con intereses ajenos a la verdad, y especialmente los desaparecidos, los asesinados en el ejercicio de su labor por comprender que el periodismo no se hace desde una silla sino desde la calle, como rezan los viejos manuales de la carrera, desde la crónica de su tiempo.
Hablar de más sobra. Honor a los que lo merecen. Para los que siguen y los que seguiremos queda no hacerle nunca el juego a la censura, vivir la profesión desde el corazón de la sociedad cambiante a la que nos debemos y por lo menos este día de septiembre recordar a aquel checoslovaco que durante un otoño berlinés, perseguido por la cólera y el extremismo, murió siendo periodista.




Dejar una contestacion