Educados por el vidrio

En nuestro país, las personas que «salen por el televisor» corren el riesgo de estar siempre en la «picota pública». Esto no ocurre solamente por errores que hayan cometido o por el mal aspecto que pudieran tener, no. Sucede, esencialmente, por la costumbre que tenemos los cubanos de admirar a todo aquel que se refleje en la pantalla de vidrio.

La importancia de estas figuras públicas —dígase presentadores, músicos, conductores, etc.— es más grande de la que a veces le damos. Sus actitudes, expresiones y comentarios pueden interferir en las de aquellos que los observan o escuchan.

Los cubanos hemos adquirido la «hermosa» costumbre de convertir en ídolos —o enemigos— a los atrevidos que muestran su imagen a miles de personas en un país nada crítico.

Varios conductores de espacios conocidos, se han ganado el cariño del pueblo. Tal es el caso de Rafael Serrano, Marino Luzardo, Agnés Becerra o Bárbara Sánchez Novoa, por solo mencionar algunos. Ellos, con su imagen, su voz y sobre todo con su buen trabajo, han merecido ser, no pocas veces, el tema de sobremesa de una familia o el del cotilleo de las abuelas de la casa.

No había reparado nunca en este hecho hasta que, hace unos días, el pequeño ahijado de mi mamá, de tan solo cuatro años, me sorprendió con un comentario muy ocurrente.Eran las 8.00 PM y, como es costumbre en mi casa, veíamos el noticiero. Sentado cerca de mí, él observaba también la emisión. De pronto, al notar la ausencia de Serrano, exclamó:

—¿Dónde está Serrano?—con un aire de orden y súplica a la vez.

—Ahora están presentando los deportes, Edgar, cuando terminen saldrá Serrano —le dije.

—¡Yo quiero ver a Serrano! —y explotó en un llanto inexplicable que solo pude calmar mostrándole un video del popular conductor.

Conté esta historia a varios de mis amigos y no dejaba de resultarme graciosa eimpresionante. Pues un niño, de tan solo cuatro años, ya sabía de la importancia de los conductores —¿o era solo costumbre? Lo cierto es que me pareció aún más sorprendente cuando uno de mis amigos me comentó:

—A mí me pasaba lo mismo cuando era niño, pero con Julio Acanda. Dice mi mamá que, con solo un año, me quedaba tranquilo y hasta medio sonso mientras veía a Julio por el televisor.

Estas historias, como muchas de las que escucho u observo a diario, me hicieron pensar. ¿Por qué a los niños les gustan tanto los presentadores y conductores de la televisión? No pude darle una explicación lógica a esta pregunta, hasta que comencé a escribir hace unos minutos.

Las figuras públicas son importantes, sí, pero la educación de nuestro pueblo es aún más importante. Y, ¡eureka!, encontré mi respuesta: los conductores resultan tan indispensables para los niños por la costumbre a verlos en la pantalla, pero sobre todo porque los niños de hoy son educados para, al igual que los adultos, admirar a todo aquel que salga por el «vidrio».

Sobre Chábeli Rodríguez García 2 Artículos
Estudiante de primer año de Periodismo en la Universidad Central “Marta Abreu" de Las Villas

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