Carrusel

Dibujos: Carlos Daniel Quiroga

El carrusel estaba ante mí, inmenso. Inmenso, aunque no lo fuera. Su llegada había sido anunciada desde horas tempranas por cada niño y prepúber del barrio con la edad suficiente para saber la diversión que ello traía consigo. «Esta noche hay carrusel», era la frase que recorría juguetona la boca de todos.

La noche llegó y efectivamente, había carrusel. El hecho en sí me despertaba una inusitada expectación y un entusiasmo que pocos eventos en la vida de un niño de seis años podían igualar.

Lo que llamábamos carrusel no era más que un pequeño parque de atracciones desmontables que iba y venía por la ciudad dejando a su paso un solar yermo donde antes se había erigido efímeramente. A veces salíamos de él un poco decepcionados pero era, a pesar de todo, nuestro lugar especial. Siempre terminábamos pidiendo que, por favor, el carrusel volviera pronto.

Al final regresaba a los dos, tres o cuatro meses, no recuerdo bien; el tiempo no pasa igual cuando tienes seis años que cuando tienes veinte. Lo que era invariable, incluso sagrado era eso: el carrusel siempre volvía.

Se llamaba así por su atracción más esperada, aquellos caballitos de madera que subían y bajaban al ritmo de una música que me exasperaba horriblemente. Habían más atracciones, casi todas implicaban vueltas y más vueltas en aparatos que arrancaban tantas risas como mareos ocasionales.

El que más esperaba, sin lugar a dudas, era la estrella. Tal vez fuese la estrella más pequeña que jamás haya existido, pero con seis años era lo más cercano que iba a estar de aquellos astros tintineantes que iluminaban la noche y que con todas mis fuerzas deseaba tocar.

A mi pesar, la advertencia había sido clara: «Nada de estrella, que todavía eres muy pequeño». Fueron las palabras de mamá antes de salir de casa.

Resignado pensé que las estrellas (y la estrella) podían esperar por mí un poquito más. Yo disfrutaba de otros modos, me divertían las risas de los niños, la música infantil mezclada con las empalagosas tonalidades de los aparatos, los refrescos, las rositas de maíz y el algodón de azúcar; todo me hacía extrañamente feliz.

La noche del carrusel era especial, nadie se la perdía. Niños, jóvenes, adultos y ancianos, todos iban, todos disfrutaban a su modo; se olvidaban de las cosas por hacer, de los problemas y mostraban las sonrisas que de otro modo nunca lucían.

Así era el carrusel y así éramos nosotros.

Nunca pude subir a esa estrella, hoy todavía pienso en su pequeñez, en su grandeza. Cuando el carrusel volvió a ir, la estrella estaba rota, siguió rota hasta que con el tiempo este no volvió más. Algunas sonrisas se dejaron de lucir y aquello que fuimos se diluyó en una fuerte neblina, se perdió en un camino que sin carrusel no llegaba a ninguna parte.

Por estos días, después de mucho tiempo, regresó a mi barrio. Ya no es el mismo, su llegada solo inspira un tenue entusiasmo disipado pronto en la indiferencia colectiva.

Y es que en este gran carrusel donde vivimos ya nada es igual. Nunca fue DisneyWorld pero siempre fue nuestro, siempre tuvimos la certeza de que era de todos y por ser de todos estaba destinado a hacernos felices.

Ahora parece no ser de nadie, funciona por la inercia que algún día lo echó a andar y se ha convertido en la sombra de lo que fue, en la terrorífica realidad que normaliza todo lo que debería hacernos vibrar, o por lo menos, sentir.

Dicen que hay que cambiarlo, que con un carrusel nuevo todo sería mejor. Yo creo en mi viejo carrusel, no sé si uno nuevo nos hará felices. El viejo tal vez solo necesite que volvamos a ser lo que un día fuimos (puede que nunca lo hayamos dejado de ser, puede que solo lo hayamos olvidado por un momento). Tal vez solo necesite que lo cuidemos, que seamos parte de él y lo echemos a andar.

O quizás no haya esperanza.

Visito mi carrusel ahora y no lo sé. La pintura caída, el óxido que cubre los metales y los dibujos que ya no están le dan un aspecto decadente. Poco queda de los caballos otrora briosos que daban vueltas y vueltas, solo una imagen despintada.

La música es diferente, ahora el reggaetón “ameniza” la noche infantil. Al lado de los refrescos, las rositas de maíz y el algodón de azúcar, venden cerveza Mayabe y ron Decano a 45 pesos. No es una sorpresa que los rostros no sean los mismos ni las sonrisas iguales.

Sin embargo, en medio de la vorágine irreconocible en la que se ha convertido mi querido carrusel, vi algo. Mi deseada estrella (me había equivocado, esta era incluso más pequeña que la mía, más vieja y deslucida) se hallaba frente a mí.

A sus pies estaba una niña de unos seis años; la pequeña miraba hacia arriba con asombro, con un brillo que supe reconocer, con admiración hacia lo que le era inmenso, inalcanzable y bello. Luego de un rato esbozó una dulce sonrisa y se marchó. En ese instante encontré lo que por un segundo había perdido: esperanza.

Sobre Samuel Ernesto Viamontes 14 Artículos
Santaclareño. Estudiante de segundo año de Periodismo en la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas

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