Maestro de vida

Foto: Yordany Lugo López

«El maestro no es maestro en la escuela ni en el aula, sino en la sociedad y en la vida». Con esa convicción Orestes Jesús Rangel Morales ha desplegado su labor educativa durante 52 años. Este doctor en Marxismo-Leninismo ausculta el alma de las personas y se nutre de su savia. Guajiro de corazón, hombre de entereza y pedagogo de pura cepa, descubre en sus palabras la esencia de su personalidad.

Una sonrisa jovial y cercana, la palmadita en el hombro o simplemente el gesto de ofrecer su casa para los alumnos, denotan la entrega y el amor de un señor incansable en el oficio. Inculca cubanía en sus clases y guía por el camino correcto a las nuevas generaciones. Padre de sueños y faro de sacrificio ha sido este humilde servidor.

Recuerdo cuando entró al aula por primera vez y nos dijo «el que no entienda una palabra que busque el diccionario». Todos sentimos que llegaba un profesor de vasta cultura, curtido por el tiempo y ansioso por trabajar. Después comprendimos la grandeza de su consejo, que el saber no ocupa espacio.  Esa ha sido una cualidad intrínseca en su ser: la sed insaciable de superación.

Mis padres eran semianalfabetos, pero en mi casa siempre existió una cultura familiar de aprendizaje y conocimiento. Debíamos superarnos, siempre con la condición de ser honrado y laborioso. Fue clave el apoyo de ellos en mi formación y los valores que aprendí de sus enseñanzas. Por ejemplo, mi tía Iraelia Rangel es la primera maestra que se graduó en Vega de Palma. Mi abuelo, haciendo múltiples sacrificios, tuvo que vender una yunta de toros en 14 pesos para poder sufragar los gastos de sus estudios. Esa fue la filosofía en mi casa de la cual me nutrí y que contribuyó positivamente en mi desarrollo. De ahí aprendí que las metas se logran si uno se lo propone.

—¿Qué persona influyó en su decisión por el magisterio?

—Esa tía de la que te hablé, que me enseñó a leer y a escribir. Además, tuve el ejemplo de mis maestros de primaria: Esperanza Abreu, magnífica en su labor, y Emelina Rodríguez. Ellas influyeron en ese despertar por el magisterio y alimentaron sustancialmente mi vocación.

—Su primer acercamiento del lado de la pizarra fue con 14 años en la Campaña de Alfabetización…

—Sí di el paso al frente e hice unas pruebas de noveno grado por adelantado para poder ser parte de ese ejército de alfabetizadores. Fue algo difícil, nosotros alfabetizamos pero éramos casi analfabetos. Ser graduado de la secundaria en aquellos tiempos no significaba mucho, por un lado, y por otro los profesores que nos impartían las clases tenían ideas burguesas.

«Nos llevaron 15 días para un campamento en Varadero y allí nos enseñaron a manejar la cartilla, el manual y el farol. Viví momentos emocionantes de socialización y compenetración con jóvenes de diferentes zonas del país.

«Tuve el honor de conocer a Raúl Ferrer, Jefe del Ministerio de Educación en aquel entonces, un orador excepcional, capaz de decirnos cómo tratar a los campesinos. Tenía los pies sobre la tierra. Hablaba de la impronta martiana y de la importancia de ser cultos para ser libres.

«En ese momento no podíamos comprender la magnitud de esas palabras sino vivirlas. Algunos estaban por vocación y otros por embullo».

—En su caso, ¿vocación o embullo?

—Vocación, por supuesto. Siempre me gustó mostrarle lo que sabía a los demás. Poder enseñar a leer y escribir a personas mayores fue grandioso a mi corta edad. En mi opinión la Campaña fue el primer acto de la revolución cultural dentro de la Cuba soberana e independiente.

«Realmente sentimos el resultado, cuando izaron la bandera que declaraba a Cuba territorio libre de analfabetismo. Al desfilar con un lápiz en la mano por el frente de Fidel entendimos cuán grande era la obra que habíamos hecho. Gracias a ella supimos lo que era la responsabilidad, el patriotismo, el amor por la Revolución, la solidaridad y, en mi caso y el de muchos, la vocación inmensa por el magisterio».

—Comenzó en la UCLV en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero el llamado de maestros dio un giro a su futuro. ¿Lamenta haberlo hecho?

—Nunca me arrepiento de haber dado ese paso. Volvería a educar a generaciones de cubanos que hoy desde su función social le agradecen a uno el papel de enseñar, eso me da plena satisfacción.

«El magisterio me ha permitido socializar con personas de toda Cuba. Conozco personas de Corralillo, toda la costa norte, Caibarién y de la provincia de Sancti Spíritus.Tengo bellas amistades, transparentes, fruto de mi trabajo.

«Los alumnos me saludan con afecto de una manera espontánea. Esas son las pequeñas cosas que se convierten en los mayores tesoros que recibo como hombre. Por ejemplo, hoy día darle clases a los hijos de mis alumnos es motivo de orgullo».

—Quizás por esa satisfacción plena no le gusta que le hagan presentes.

—En ese sentido son muy estricto. El mejor regalo que me pueden dar es buenas notas, participación en el aula y ser disciplinado. Y de una forma natural lo logro.

«Imagínate, el día de mi cumpleaños dije que estaba enfermo y no fui a la escuela, porque mis alumnos tienen la fecha presente y temía que me trajeran algo material. Ellos saben de mi carácter y que solo les exijo cumplirme en el aula».

—Cuando comenzó en 1966 tuvo que guiar y educar a personas prácticamente de su misma edad…

—Fue complejo porque la secundaria “Santos Caraballé”, de Iguará, abrió tarde. Había jóvenes con 15 ó 16 años que comenzaban el séptimo grado y otros que realizaron el sexto hace dos o más años.  Nos ayudó la idiosincrasia de los campesinos, esa cultura arraigada del respeto a las personas mayores.

«También el director de la escuela José Humberto Ortiz fue un baluarte en el proceso. Tenía una vasta experiencia, solamente de escucharlo uno aprendía. Más que un directivo, fue guía de los profesores. Él traspasaba los límites de la escuela para insertarse en la comunidad.

«Lo admiro, fue un espejo en el quise reflejarme. Muchas de sus enseñanzas me han sido muy útiles. Cuando uno logra comprometer a la familia, a responder por los actos de sus hijos, contribuye a que ocupe el lugar de célula fundamental de la sociedad. Eso lo aprendí de él».

—A lo largo de su vida profesional ha compartido la docencia con el papel de dirigente…

—Dirigir es un arte difícil, que exige del hombre una gran perseverancia, una abnegación tremenda y un alto sentido de la responsabilidad. El primer instrumento para lograrlo es el ejemplo personal como requisito indispensable para obtener éxito. Si no predicas con el ejemplo las masas no te siguen.

«A esto se suma un trato humano afable y solidario, ser consciente de que las tareas emprendidas han de estar impregnadas de amor. No se trata de castigos ni imposiciones.

«Me gustó mucho dirigir, pero sin dejar a un lado la docencia. Pienso que sin impartir clases mi misión no era completa en los centros en los que trabajé. Yo asumí altas responsabilidades pero siempre dije que nunca sacrificando mi papel de educador.

—Justamente asumiendo una de sus responsabilidades como jefe de Educación Municipal en Sagua La Grande conoció a Rebeca Carratalá Pons en 1970. ¿Amor a primera vista?

—Fue un flechazo. El amor entra por los ojos y era hermosa. Hubo puntos de contacto, ella es una mujer extremadamente responsable, interesada en hacer las cosas bien, con una infinidad de cualidades.

«Esos elementos dieron lugar a un sentimiento pasional. Su belleza espiritual me enamoró. Lleva mucho por dentro y por fuera. Fíjate si es así que todavía estamos juntos al cabo de los 47 años en las buenas y en las malas».

(Observo encima de su estante, cargado de libros de marxismo-leninismo, un cuadro de Jesucristo)

—¿Cómo han podido lidiar bajo el mismo techo un materialista dialéctico y una mujer que profesa la religión cristiana?

—Existe una relación que mantiene intacta nuestra convivencia: el respeto a ambas concepciones. Ella con su fe y yo con mis ideas. Aquí han venido a hacer labor proselitista y hemos intercambiado desde nuestros puntos de vista sobre la base del respeto a cada creencia. Mientras el diálogo se realice en una atmósfera de tolerancia y entendimiento no hay problema.

«El matrimonio es una empresa complicada. Ella es el sol de mi casa y la luna del mundo. Un acicate, estímulo, paradigma, trabajó 30 años en un centro interno y nunca dejó de hacer guardia. Compartimos las labores del hogar y la crianza de nuestro hijo pequeño. Para subsistir el matrimonio conlleva una gran dosis de sacrificio».

Casamiento de Orestes Rangel con Rebeca Carratalá en 1974. Foto: Cortesía del entrevistado

—¿Cuál ha sido el golpe más duro que ha recibido en esos 47 años de relación?

—Perdimos dos hijos (la voz se quiebra). El primero, que trajo una carga de nuevas emociones y sentimientos, murió a pocas horas de nacer. Me marcó para siempre. Cuando veo a un niño con mucho pelo negro me viene a la mente la imagen de aquella criaturita en ese féretro. Jamás lo podré olvidar. Luego nació el segundo, del cual tengo hoy el privilegio de disfrutar. Pocos años después nació el tercero. Estuvo vivo unas horas, logré verlo hasta que hizo su última aspiración. Tristemente se repitió la historia del primero. Fue volver a vivir una experiencia amarga y desesperante.

«Una psiquiatra habló conmigo y decidí unilateralmente donarlo a la ciencia. Con la firme intención de contribuir a que otros matrimonios no sufrieran esta experiencia. Sin dudas, se sabe de esos momentos duros cuando lo sientes en tu propia piel».

—Pero no solo tiene un hijo y dos nietos, sino muchos más hijos que añoran su presencia y esperan sus consejos…

—Así es. Mis alumnos y alumnas son también mis hijos. Muchos me han confiado sus secretos más íntimos y me ven como un padre. Han encontrado en mí un refugio para determinados problemas que tuvieron a lo largo de su vida.

«El hombre que transita en la sociedad y en la vida sin pensar en sus semejantes no es digno de vivir. Por lo tanto, entrego cada día todo de mí para ayudar a los demás. Y el cariño crea sonrisas. Por eso nunca me mido al darlo. Creo que el hombre debe tener como máxima hacer el bien».

—¿Cuál es su librito como maestro?

—He tenido mis detractores como la mayoría de las personas. Pero siempre trato de llevar algo novedoso e interesante cada vez que entro al aula.

«Un buen maestro no puede quedarse solo en entrar tiza y borrador en mano, poner la fecha y el asunto en la pizarra. Hay que evitar la monotonía en el tiempo de la clase. Se trata no solo de transmitir conocimientos, sino de imprimir educación, instrucción y motivación para nuevos empeños».

—Si se retiró en el 2008… ¿por qué se reincorpora en el 2014 al Centro Mixto “Andrés Cuevas Heredia»?

—Vinieron a verme. La escuela no contaba con profesor de Cultura Política y decidí asumir la tarea. Todavía podía serle útil a un grupo de estudiantes que necesitaban recibir esa asignatura.

«Fue un reto por mi edad y porque ya no me resulta tan fácil como antes entender y adaptarme al pensamiento adolescente y joven».

—Supe de su hernia discal que no lo deja dormir en las noches, y aun así no deja de ir a la escuela…

—Ahí está la responsabilidad, porque el que tiene una tarea que cumplir siempre debe acometerla. Ir al aula viene siendo mi medicina. Para eso me reincorporé, para hacer las cosas con el mismo rigor de cuando era más joven.

«Siento que cuando educo deposito en las manos de los alumnos las armas que le permitirán combatir en la vida. Para eso vivo».

—A sus 70 años es una muestra fehaciente de que el conocimiento no envejece. ¿Cuál es el secreto de su constancia?

—Mi fuerza de voluntad y el incesante deseo de aprender. A mi edad sigo acompañado de los libros, los que me ha dado todas las herramientas para aprender y enseñar. La lectura ha sido mi mejor aliado en el ejercicio de la pedagogía. No concibo enseñar sin aprender.

—Ha recibido distinciones como la de alfabetización, medallas como la Rafael María de Mendive, entre otras. A pesar de eso, su mujer cree que no ha recibido el reconocimiento público que merece…

—No trabajo para premios o reconocimientos. La mayor satisfacción es ver las generaciones que han pasado por uno, que me llamen, me saluden y se preocupen por mí. Esos detalles encierran en sí la grandeza de mi labor y el orgullo de ser maestro.

Orestes muestra algunos reconocimientos por su trayectoria en la educación. Foto: Yordany Lugo

—Ha dedicado su vida a la educación ¿Cuál es el problema más acuciante al que se enfrenta este sector?

—El déficit de personal docente, ligado a la atención y estimulación dentro del sector. Los salarios no cumplen las expectativas y este hecho provoca que muchos no quieran ser maestros. Es un fenómeno económico.

—Está trabajando en su primer libro sobre el periodista Max Lesnick. ¿Qué lo motivó?

—Pocos conocen que nació y vivió en Vueltas. No se lo he escuchado decir a nadie ni leído en ningún periódico. Este hombre tuvo una estrecha relación con Fidel Castro. Defendió desde Miami la Revolución Cubana con entereza, dignidad y valentía.

«Por eso quise escribir sobre eso. Hay muchos detalles todavía ocultos en la historia de la localidad, que es bastante rica y casi ni se conoce».

—Sé que como materialista dialéctico no cree en la reencarnación. Pero, ¿qué me diría si le hablo de volver a nacer?

—Quisiera ser de origen campesino nuevamente, vivir en un país socialista y mantener la razón de mi existir: ser maestro.

Sobre Yordany Lugo López 8 Artículos
Estudiante de primer año de Periodismo de la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas

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