Por Miguel Ángel Castiñeira García y Rosana Montero Rodríguez
Sin duda supuso un reto para el carataquense. Después de haber “reinventado la literatura”, a García Márquez no debió quedarle mucho por escribir. Y es que existen obras a las que el término insuperable parece quedárseles corto. Pero no es Cien años de soledad, sino la novela que le sucede en el vasto currículo del Gabo, la que nos interesa reseñar.
En la novela El otoño del patriarca, se desarrolla la vida de un dictador latinoamericano en el ocaso de su existencia, aunque se narren hechos anteriores a ella: partes de su infancia, juventud y vejez. La trama comienza con la irrupción de un grupo de personas en la casa del máximo mandatario de un país desconocido con el fin de corroborar el rumor de su muerte.

Partiendo de la observación de las actuales condiciones del hogar—vacas muertas, restos de boñigas equinas sobre las alfombras, desolación y destrucción—, comienza la historia de un caudillo, que es la historia de la inmensa mayoría de los caudillos del continente. Entreguismo desmedido y solapado, crímenes de lesa humanidad contra niños inocentes y cualquier clase de estrategias para perpetuarse en el cargo, caracterizan al gobierno de este anciano general, que no recuerda su edad y fue colocado en el poder por un golpe militar financiado por los gringos. Sin embargo, la otra cara de la moneda queda expuesta debido a la visión humanizadora del Gabo: soledad, tristeza, miseria en medio de tanta abundancia y traiciones continuas sufre quien solo una vez en todo el libro se nombra como Zacarías.
El narrador, en el principio del texto, describe los sucesos en primera persona, con cierto grado de desconocimiento respecto al tema (narrador deficiente). Luego pasa a tener un conocimiento absoluto (omnisciente) y a transitar de la primera persona a la tercera de manera sutil, debido a las características particulares de la redacción. Sin embargo—y aquí reside la principal característica del realismo mágico latinoamericano—no por ello deja el relator de tener una visión mística y supersticiosa del asunto que aborda, motivo por el cual se eliminan las barreras de lo real y lo fantástico. Las escenas saltan de un espacio temporal a otro, según se van hilvanando las ideas del narrador.

La novela describe el proceso cíclico del auge y deterioro de un imperio condicionado por la caída de la salud mental, unido a la vejez obligatoria, de un monarca que niega el paso inminente de los años. Más allá de las habilidades del protagonista como estratega militar o gobernante de una nación, el lector puede adentrarse en sus crisis emocionales, conflictos internos y traumas juveniles.
Según Eduardo Galeano, aunque García Márquez le quiso dar a El otoño… un marcado carácter político, fue Cien años de soledad la que verdaderamente conmocionó a los lectores latinoamericanos debido a la magistral síntesis de la realidad del continente que logró el Premio Nobel.
La novela de dictador no logró superar a su antecesora, sin embargo, desde el punto de vista académico, es una de las más estudiadas en las universidades del mundo con respecto a las demás obras del colombiano.




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