“A puerta sorda hay que dar martillazo mayor”, expresaba José Martí. No podemos cansarnos de criticar la deteriorada Serie Nacional de Béisbol, con una estructura incapaz de elevar el techo de la pelota. Alimentarse de la historia nutre, beneficia, pero utilizarla como escudo protector resulta inaudito.

En el pasatiempo nacional convergen dos palabras diametralmente opuestas: representatividad y calidad. Se tiene una o la otra. En un país de apenas 11 millones de habitantes, 16 equipos constituye una cifra absurda. Si buscamos revitalizar nuestra pasión y llevarla a planos estelares es hora de empezar a romper esquemas.
Un nuevo formato competitivo no es un capricho sino una necesidad. Debe poseer no más de siete elencos donde se encuentren los mejores peloteros; jugar de 100 a 120 partidos porque la práctica diaria contribuye al anhelado oficio; y mantener el torneo sub-23 para permitir la maduración de los jóvenes jugadores de pelota.
El denominado Campeonato Nacional Selectivo de Béisbol irrumpió en los escenarios cubanos en 1975. Fue una muestra fehaciente del salto cuantitativo del deporte de las bolas y los strikes. Más allá de los errores ocurridos durante dos décadas por los cambios continuos de estructura, este torneo tuvo éxito porque concentró los mejores atletas y estos luchaban a brazo partido para estar en el roster de los equipos.
Convencidos de que el problema de la pelota es integral, no solo estructural, nos queda mucho por hacer.
Trabajar con prontitud, exigencia, tesón, inteligencia y esmero es tarea primordial. Estamos en tres y dos, con la soga al cuello y lanza el imbatible tiempo.




Dejar una contestacion