Cuba, pequeña isla en tamaño pero grande en su pueblo, es cuna de grandes pensadores que constituyen estrellas y llegan a la máxima expresión del conocimiento.
Todos, en algún momento, creamos una opinión de alguien que nos cautiva, que nos da una gran impresión con sus obras o mejor aún con su más sencilla humildad. Para los jóvenes del presente, quizás muchos son los ídolos a seguir, pero desde que comenzamos a dar nuestros primeros pasos escuchamos de alguien que es aún más acogedor por su intrépida personalidad que por su grandeza misma. Este es Fidel Castro.

Un día sucedió algo. ¡No se podía creer! Los medios informaban una lamentable noticia. ¡Falleció el gran líder de la Revolución Cubana! Y esa era la frase que escuchábamos en los lugares por los que pasábamos. Su pérdida chocó a todos y aún más a la masa joven del país que instantáneamente se sintió comprometida con ese hombre que teníamos como líder político e ideológico, inspirador de grandes ideas que llegaran a un fin progresista, ayudador y fuente confiable de conocimiento, hombre de carne y hueso que depositó su total confianza en que la juventud podía dar el verdadero valor a la Revolución.
Todos lo sintieron y fue tanto que la frase “YO SOY FIDEL” dio el cierre. La generalidad de lo que significó ese momento doloroso que marcó la historia, el compromiso de por vida de cada joven que fue allí, a las calles a seguir los pasos de él, además de concretar la convicción de que sus ideas y ejemplo pasarán más allá de lo normal, se convertirán en paradigmas de la juventud cubana.
Y sí, existe un Fidel que vibra en lo profundo de las montañas, un Fidel dentro de cada corazón, un Fidel que más allá de ser humano y sin llegar a la súper magnificación conduce a aquellos que le siguen al camino de la victoria y a la entrega absoluta de lo que Martí reconoció como la necesidad de todo joven de buscar lo íntegro y lógico de los grandes pensadores.





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