Tortura urbana

Por: Dailen Hernández Beatón

Llegas a la terminal del ferrocarril a embarcar para tu pueblo, y la palabra viene perfecta: te embarcas en una cola enorme para montarte en la guagua.Ya todos los carros se han ido y no tienes más opción.

Te pones al final de la fila con pocas esperanzas pero dispuesta a batallar con piernas y codos. Montan los que tienen número. Tú, como no tienes, esperas impaciente tu turno. Hasta los que llegaron últimos montan primero pero no puedes hacer nada. 

Después de diez minutos de tardanza logras poner un pie en el escalón, pero el que va delante no camina y el que va detrás te empuja porque también se quiere ir. Pones todo tu empeño en subir y lo logras.

Ahora el problema es avanzar. Soportando pisotones, choques y apretones llegas donde la acomodadora te dice y respiras dentro de lo que te permite el ambiente. Ya has montado.

No es muy agradable pensar que los próximos treinta y cinco minutos estarás escuchando a los hombres del fondo que hablan de pelota, dos mujeres que se insultan como locas –lo que nosotros llamamos ripieras-, el anciano que se queja porque lo van a sacar por la ventana, una embarazada que reclama su asiento a un chico con auriculares y un niño que llora sin consuelo por el calor y el sueño.

Cuando la guagua llega a una parada se bajan algunos y ya puedes respirar. Del otro lado te saluda un conocido que en ese momento de angustia no conoces, pero por cortesía le sonríes casi sin fuerzas.

Sigues moviéndote adelante y atrás cada vez que el chofer frena. En el vaivén piensas en que tienes muchas cosas que hacer cuando llegues a tu casa. En un lapsus, miras los fenómenos humanos que te rodean; ahí es cuando piensas que la calle está caliente –por eso vienes derritiéndote.

Te percatas de que falta poco para llegar y casi te saltan lágrimas de alegría. No todos se bajan en esta parada. El pasillo sigue lleno. Continúas la lucha por alcanzar la puerta. Detrás de ti un hombre derrama un helado de chocolate: ya tienes tatuaje en la ropa y eso no lo quita un “lo siento”.

Al poner la suela del zapato en la carretera y dejar de oler una inmensa liga de perfumes, incluyendo el sudor, puedes cantar victoria. Te quedas parada. Miras cómo se aleja la guagua y relees el letrero “Ómnibus Urbanos”. Recuerdas el infierno que has pasado y, aunque los demás te escuchen, dices en voz alta:

-Eso no es un ómnibus, es una tortura urbana.

 

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Sobre Brújula Sur 32 Artículos
Blog de estudiantes de Periodismo. “Odio la pluma que no vale para clavar la verdad en los corazones y sirve para que los hombres defiendan lo contrario de lo que les manda la verdadera conciencia, que está en el honor, y nunca fuera de él”. José Martí

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